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Estados de ánimo: un sentimiento religioso muy humano

Jesús ante Pilatos o «Ecce Homo» vertical

Las estampas religiosas de Rembrandt también son diferentes de las de cualquier otro grabador. Aunque los temas del Antiguo y Nuevo Testamento están prefijados en el texto sagrado, Rembrandt los representa a su manera, siempre original, incluso en las escenas más tipificadas por la tradición iconográfica. Al principio de su carrera como grabador crea espectaculares escenas de un barroquismo exuberante como La resurrección de Lázaro, La Anunciación a los pastores o Jesús ante Pilatos, que querían equipararse a las de Rubens, el pintor de moda que triunfaba en toda Europa y cuyas composiciones se difundían a través de las estampas grabadas por un excelente equipo de profesionales de la reproducción de cuadros. Pero pronto encuentra su propio camino, su manera de plasmar en las estampas un sentimiento religioso sincero y profundo, cálido y humano, que probablemente aprendió de su madre.

La muerte de la Virgen

En La muerte de la Virgen advierte ya el final de una etapa y el comienzo de otra. La composición es muy compleja, los personajes están situados en planos oblicuos dispuestos en paralelo que, partiendo de la esquina inferior izquierda, se van adentrando poco a poco hacia el fondo de la escena hasta terminar en una puerta situada a la derecha; el juego de luces y sombras está muy estudiado para que la atención se centre en la figura de la Virgen muerta y en el rompimiento de gloria; la ejecución llega al preciosismo en la delicadeza del dibujo de algunas figuras, sobre todo la de María, o en el detalle de los ricos tejidos del primer plano. Buscando el contraste, y como novedad absoluta, el artista deja sólo apuntada con trazos paralelos, sueltos y libres la parte superior de la estampa ocupada por el rompimiento de gloria para dar mayor sensación de inmaterialidad, recurso que utilizará más adelante. El resultado es una imagen muy brillante y esencialmente barroca, si bien los rostros de los personajes que rodean el lecho de la Virgen denotan un dolor contenido y sincero: san Pedro le sostiene la cabeza con todo cuidado, mientras el médico comprueba su pulso en un gesto muy natural. Esta parte ya es el Rembrandt del futuro, en el que lo humano impregna todo lo divino, en el que abandona toda la gestualidad artificial aprendida, codificada y utilizada por los demás artistas y dibuja sobre la plancha lo que ve, lo que le rodea.
Jesús, en La estampa de los cien florines, en la "La Petite Tombe" o Las tres cruces irradia una luz que lo identifica como un ser divino; pero su figura, frágil y delicada, hace pensar más en su vertiente humana, débil y sufriente.

La Presentación en el templo «a la manera negra»
La estampa de los cien florinesLas tres cruces
 
Probablemente no hay una serie de estampas sobre la infancia de Jesús más tierna y natural, ni otra tan sobria y dramática sobre la Pasión, como las que grabó Rembrandt en 1654. En ellas muestra, por una parte, su dominio y su manera absolutamente personal de utilizar las técnicas del grabado y de la estampación y, por otra, su forma de componer y de iluminar las escenas, de una sabiduría y una sencillez que se pueden calificar de clásicas. La evolución que ha sufrido su modo de concebir y realizar las estampas, siempre en busca de nuevos efectos plásticos que apoyaran lo que quería decir en ellas, ha sido continua. Entre la pequeña estampa de José relatando sus sueños de 1638 y El Descendimiento a la luz de la antorcha o El Entierro de Jesús de 1654, Rembrandt ha recorrido un largo camino hacia la síntesis expresiva y la profundización dramática; en la primera tenía que demostrar lo que podía hacer, en las últimas está ya a mucha distancia de sus contemporáneos, en unos niveles y unas formas expresivas que no se alcanzarán hasta dos siglos más tarde.
José relatando sus sueños
El reto que se plantea en la estampa de José relatando sus sueños es cómo articular, en los 11 x 8 cm que mide la plancha, trece figuras humanas, cada una de ellas perfectamente individualizada físicamente y con una personalidad acusada que se adivina en la expresión de sus rostros. Para lograr que, a pesar del gran número de elementos con los que tiene que jugar y del espacio reducido con el que cuenta, la imagen sea legible y equilibrada, el artista ha situado a cada personaje en un plano distinto de profundidad (se pueden contar hasta once) a lo largo de dos ejes que se cruzan en el centro de la composición. Éste lo ocupa José, el protagonista de la escena. Rembrandt va guiando con la luz la mirada del espectador de una figura a otra para que ninguna pase desapercibida, mientras que las zonas más oscuras hacen que, al recortarse contra ellas, destaquen aún más las iluminadas. Los rostros de cada personaje ante el anuncio de que José iba a mandar sobre sus hermanos mayores no pueden ser más expresivos: el pensativo del padre, el triste de la madre previendo la reacción de sus otros hijos, el asombro, el escepticismo irónico y los cuchicheos de éstos. Sólo José permanece ajeno a la tensión que se ha producido y continúa su relato con toda ingenuidad. La imagen, de un dibujo muy minucioso hecho a base de miles de trazos muy finos cruzados, demuestra un gran control de la mordida del aguafuerte.
El Descendimiento a la luz de la antorcha
El Descendimiento a la luz de la antorcha, grabada dieciséis años más tarde, supone un cambio radical en todos los aspectos. La composición se ha simplificado al máximo, y está estructurada en tres planos paralelos en vertical y tres en profundidad. La luz se concentra en dos grandes zonas: la parte inferior del cuerpo de Jesús, sostenido por la sábana que ha servido para bajarle de la cruz, y las parihuelas donde lo transportarán a la tumba. La parte derecha está toda en sombra a excepción de una gran construcción blanca, necesaria para equilibrar la composición. Apenas se pueden entrever los rostros de los personajes, incluso el de Jesús está en segundo plano y en penumbra. Rembrandt ha centrado todo el dramatismo de la escena en la mano poderosamente iluminada de un hombre que surge de la oscuridad para sostener la cabeza de Jesús y en su mirada alucinada. Con los trazos paralelos del aguafuerte, el artista ha ido construyendo las formas de los cuerpos, de los objetos y del terreno donde se desarrolla la escena; con la punta seca ha conseguido unos negros intensos que le dan profundidad.
El entierro de Jesús
La siguiente estampa de la serie de la Pasión es El entierro de Jesús. En ella, Rembrandt presta especial atención al color. A partir del segundo estado, cubre toda la plancha con una finísima trama de líneas pero, para lograr representar con mayor libertad, variedad y más fácilmente la oscuridad casi total de la cueva, deja sobre la plancha una capa de tinta que, según cómo la limpie, produce una imagen diferente al estampar cada prueba. Todas son impresionantes; todas logran transmitir una terrible sensación de tristeza y silencio. El negro es tan intenso que, en la mayoría de los casos, sólo gracias al leve resplandor que emana del cuerpo muerto de Jesús se pueden vislumbrar las figuras que le rodean, un resplandor que se va apagando poco a poco. Rembrandt ha logrado plasmar sobre un papel de pequeño tamaño, en blanco y negro, todo el dolor del mundo: por eso se le considera un genio.


Elena Santiago Páez
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