El artista siempre procuró adaptar el estilo
a sus creaciones. Consiguió plasmar expresiones, sentimientos,
emociones, sensaciones o impresiones intemporales con una agudeza y
una intensidad fascinadoras. Supo descubrir y explotar las posibilidades
de la estampa, ese proceso único entre las artes de la época
que, a partir de la plancha de cobre original, de la matriz, admite
modificaciones sucesivas en la imagen: los estados. Rembrandt se sirvió
de ellos para reflejar la evolución de una situación,
el desarrollo de un acontecimiento, el cambio de una expresión
o una actitud, las variaciones atmosféricas. Esta continuidad
hace participar espiritualmente al aficionado –al espectador–
en la tragedia de la
Crucifixión
durante algunas horas, en la
andanza
de unos fugitivos y su angustia compartida a lo largo de toda una
noche, en el descubrimiento en la oscuridad de
una
familia extenuada, en
la
lasitud cada vez más acuciante de una mujer o en
la atmósfera variable de un lugar y en la trayectoria del
sol. Más simbólicamente, sugiere por medio del grafismo
y el modelado el paso de la inmaterialidad divina de Jesús a
su encarnación, en el
Ecce
Homo, o también su muerte y resurrección por
la luz que desaparece de su cuerpo para volver a iluminarlo poco a
poco, en
El entierro
de Jesús. Ésta es la manera que eligió
el artista holandés de representar la Resurrección en
su obra grabada.
Pero hay asimismo estampas en las que basta un solo estado para imprimirles
carácter:
la sensación
de una voz que el gentío escucha y que invade toda la composición,
la del silencio, de un
ambiente
de tormenta, la esencia del milagro y la aparición fulgurante,
a través de un grafismo entrecortado, de rayas discontinuas,
de punteados, como en
Aparición
de Jesús a los apóstoles. Cabría mencionar
otros muchos aspectos de esas series de estados o esas estampas en
movimiento: composición estructurada por la luz o la sombra,
animada por un trazo nervioso o aterciopelado, un fulgor que se desplaza
en las tinieblas, una luz deslumbrante, una claridad que se filtra
entre las líneas, un haz luminoso dirigido hacia un punto de
la escena; o también animación del espacio por una muchedumbre
que se agita y que pasa, por formas imprecisas y mudables o unas murallas
cambiantes a modo de decorado; y finalmente juegos de trazos que estrían
la composición, que hacen vibrar la lámina, valores de
negro que se deslizan sobre el pergamino, deformando el delineado desde
lo figurativo hasta la abstracción. Todo aparece en constante
metamorfosis en esta escena teatral que ordena Rembrandt.