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Fortuna de la obra

Jan Six
No hay duda de que Rembrandt comercializaba personalmente sus estampas. A excepción de dos casos (Jesús ante Pilatos y Las tres cruces), en sus obras no aparece ningún sello de editor. Algunas planchas circularon por determinadas editoriales o quedaron en manos de comanditarios. Setenta y cuatro fueron adquiridas a raíz de la quiebra del artista, en 1656, por Clement de Jonghe, editor y comerciante al que había retratado. Es más que probable que De Jonghe hiciese tirajes hasta su muerte. En el siglo XVIII, se localizó nuevamente una parte de aquellas planchas en casa del coleccionista y marchante de Amsterdam Pieter de Haan (1723-1766), quien tenía además en su poder matrices de retratos; cuando murió, se destinaron al comercio más de setenta y cinco planchas acompañadas cada una de ellas de unas ochenta pruebas, impresas en el siglo XVIII. El principal comprador fue Pieter de Fouquet (1729-1800), que se las vendió a un coleccionista y grabador francés, Claude-Henri Watelet, gran admirador de Rembrandt, cuyo estilo llegó incluso a imitar. Watelet reunió ochenta y una planchas de cobre, las retocó en un intento de devolverles cierto lustre y estampó diversas pruebas. Publicó un libro con estos tirajes y los de sus propias obras, bajo el título Rymbranesques ou Essais de gravures. En el prólogo escribió, en 1783: "Tras haber mandado adquirir en Holanda unos grabados originales de Rymbrand [sic], en su mayor parte alterados, borrados o echados a perder por unos retoques burdos y desmañados, me he aventurado a acercar algunos de ellos a su estado primitivo, consultando las pruebas buenas que se han conservado." En el siglo XVIII, estas distintas manipulaciones no eran motivo de asombro.
Anciano calvo de perfil a la derecha
Paisaje con torre
Mujer desnuda con los pies en el agua
En la subasta Watelet de 1786, las planchas de cobre fueron compradas por Pierre-François Basan (1723-1797), un empresario de París que publicó de 1789 a 1797 diversas ediciones de un libro conocido por el nombre genérico de "colección Basan". En el siglo XIX, su hijo Henri-Louis Basan modificó las planchas y, en 1807-1808, publicó también un compendio. En 1810, el editor Auguste Jean (muerto en 1820) las rehizo una vez más y apareció un nuevo álbum. Tras la muerte de su viuda, las piezas entraron en posesión de Auguste Bernard, grabador, que las retocó más aún. Su hijo realizó un último tiraje en 1906 con el coleccionista Alvin-Beaumont, propietario de las planchas, quien luego se las vendió al coleccionista americano Robert Lee Humber. El material fue depositado en el museo de Raleigh, en Carolina del Norte. En 1993, los herederos pusieron nuevamente a la venta setenta y ocho planchas de cobre en el establecimiento londinense Artemis. Fue así como algunos ejemplares pasaron a formar parte de las colecciones públicas. En la actualidad hay ochenta y una planchas localizadas. Dos de ellas, poco retocadas, se incorporaron al Cabinet des Estampes de la Bibliothèque nationale de France. Fueron aceradas en el siglo XIX al igual que todas las demás, con la finalidad de obtener, al protegerlas, tirajes importantes: constan de un residuo de metal en el reverso que subsiste después de desacerarlas. Esta obra mítica fue, por consiguiente, víctima de su éxito, y a aquellos tirajes mediocres –de los que tan sólo hemos citado los más notorios–, con frecuencia auténticos sacrilegios, a los grabados a la manera de Rembrandt, se sumaron además copias y falsificaciones. Únicamente pervivía el prestigio del nombre.
La resurrección de Lázaro
Las copias respondían a una demanda, como bien nos ilustra el Mercure de France de enero de 1775 en un anuncio referente a las del Ecce Homo ) y de El Descendimiento de la cruz que había efectuado Jacques Philippe Le Bas (1707-1783), grabador del Cabinet du Roi: "Dos muestras muy buscadas [...], rarísimas y por ende a un precio muy alto [...]. El objetivo que perseguía con esta tentativa era el de poder proporcionar a los aficionados la ventaja de tener a precios modestos unas piezas cuyo importe era excesivo. Los originales ascienden a ocho y nueve luises, y los precios de las copias es de tres libras por unidad." Casi todas las estampas de Rembrandt fueron copiadas, habitualmente entre tres y ocho veces. La mayoría de los grabadores no abrigaban intenciones fraudulentas y firmaban sus obras; puesto que suelen estar invertidas en relación con el original o son de diferente tamaño, se pueden distinguir fácilmente. Más tendenciosa era la actuación de los falsificadores que fabricaban pruebas únicas a partir de las originales, algunas de las cuales dieron el pego durante mucho tiempo. sucedió con una prueba de Jesús predicando o "La Petite Tombe" donde el pintor Peters había rascado la peonza en el siglo XVIII, y que pasó por ser un estado único hasta 1908. Lo mismo puede decirse de una prueba de La resurrección de Lázaro que, hasta 1986, fue identificada como un cuarto estado único a causa de su orla; una restauración permitió comprobar que aquella orla se había añadido hábilmente. Muchas pruebas fueron desvirtuadas de un modo parecido, retocadas a la aguada o a tinta. Conviene no obstante diferenciar las imitaciones, copias y falsificaciones de las reproducciones por sistemas fotomecánicos, en particular los heliograbados de Amand-Durand (1831-1905), publicados en 1883 y generalmente muy engañosos debido a su excelente calidad. Son reconocibles por un monograma rojizo impreso en el reverso y por el papel.
La mujer de la flecha
La leyenda que se había tejido en torno a la obra de Rembrandt no cesó de crecer, enriquecida por las investigaciones y los hallazgos de estados, las hipótesis de datación, las anécdotas, el valor venal de las piezas, las numerosas colecciones constituidas y las grandes ventas a que dieron lugar los múltiples catálogos razonados de la obra grabada y, más recientemente, las no menos múltiples exposiciones. La evolución del gusto al hilo de los siglos es a menudo sorprendente. Si estudiamos la tasación de algunas estampas que figura en un registro del Cabinet des Estampes de París en 1755, con vistas a un intercambio comercial, constataremos cuáles son las piezas que alcanzan los precios más elevados: "El ángel anunciando a los pastores el nacimiento de Jesús, cuatro libras. La resurrección de Lázaro (gran formato) con el gorro, seis libras. El Ecce Homo (gran formato) y El Descendimiento de la cruz (primera prueba), pareja del Ecce Homo, sesenta libras. La muerte de la Virgen, cuatro libras, Jesús presentado al pueblo, cuatro libras, “Cuatro temas de un libro español”, ocho libras, La sinagoga de los judíos, tres libras." Las valoraciones son muy inferiores en las escenas de género y los mendigos, de una libra como promedio. Sin embargo, los temas de género fueron los más copiados.
La gran novia judía
Mendigo sentado o Rembrandt como mendigoNegra acostada
 
En 1819, entre los grabados más valiosos expuestos permanentemente en los vanos de las ventanas del Cabinet des Estampes, la única prueba de Rembrandt allí presentada acababa de adquirirse por mil francos junto a su pareja, El Descendimiento de la cruz. Se trataba del Ecce Homo vertical), según la reseña escrita "una de las composiciones más grandes y más hermosas de Rembrandt". Esta estampa se atribuye hoy casi íntegramente a Van Vliet, un alumno del maestro holandés, de tal suerte que en nuestros días se expondría el Ecce Homo horizontal.
Rembrandt y su obra fascinan, desconciertan y nos eluden... Incluso los títulos de las estampas participan del juego. Las hay que tienen varios nombres. Tal es el caso de La mujer de la flecha, titulada también Cleopatra y Marco Antonio o Venus armando a su hijo Cupido, y de La gran novia judía, bautizada alternativamente como Esther, o Minerva, o Una sibila, o incluso Saskia; y lo mismo pasa con Negra acostada, llamada más oportunamente Mujer durmiendo desnuda, con las nalgas al aire conforme a un título del siglo XVIII. En otra, las características de estado han llevado a identificarla como "La Petite Tombe", estado con la manga negra o estado con la manga blanca, cuando la diferencia no estriba en ese factor sino en las barbas de la punta seca y el entintado; y aun otra más, La estampa de los cien florines, ha sido designada a partir del precio que se le adjudicó en una venta...
Los ejemplos son incontables y constituyen un código que se perpetúa entre los aficionados. Ninguno de ellos se permite rectificar estos títulos consagrados. Los más avisados designan la estampa meramente por un número de catálogo –"la 212"–, con un aire entendido. Y en época más reciente, el conocimiento de la filigrana del papel basta incluso para evocar la calidad de una prueba: "La prueba del basilisco, de la cabeza de bufón, de la flor de lis de Estrasburgo." No importa. En esta creación prodigiosa que trasciende la realidad, rayana en lo sobrenatural, el tema ha dejado de ser prioritario...


Gisèle Lambert
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