La gran novia judía
Firmada y fechada en la parte inferior izquierda a partir del 3er estado: R 1635 (fecha invertida)
Aguafuerte, punta seca y buril. 221 x 170 mm
5 estados
2º estado
El grabado está inconcluso, al igual que en el primer estado; se han trabajado la cabeza y el fondo, en la mitad superior de la plancha. La sombra del rostro ha sido levemente rectificada. El autor ha añadido trazos paralelos en el lado derecho de la frente, que era blanca, encima del ojo izquierdo, en la mejilla bajo el ángulo derecho del ojo izquierdo, y en la aleta derecha de la nariz. En la parte virgen del papel hay marcas de despulido. Una raya blanca atraviesa la melena: se debe a un defecto del papel y sólo se observa en esta prueba.
BNF, Estampes, Rés. Cb-13a
Este atractivo y cautivador retrato de una joven con una fuerza interior evidente, de una presencia asombrosa, ha sido objeto de distintas identificaciones: Saskia, esposa de Rembrandt, Esther engalanada y dispuesta a intervenir ante Asuero para salvar a los judíos de una matanza, una sibila, una actriz en el papel de Minerva –tema de dos cuadros del autor– y la hija de Efraim Bonus, un médico judío portugués. Es esta última asignación la que dio origen al título tradicional de La gran novia judía, citado ya por Gersaint, que escribe: "El retrato de una mujer judía, llamada en Holanda la “Gran novia”." Rembrandt hizo en 1638 otro retrato de menores dimensiones de la misma mujer, titulado Saskia como santa Catalina o La pequeña novia judía; se sabe que la modelo es Saskia, representada con tanta asiduidad por el pintor. Gersaint, tras advertir la sarta de perlas que ciñe la cabeza de la joven, comenta: "Era así como se peinaban en aquel tiempo en Holanda las mujeres judías que iban a desposarse." Más recientemente, Landsberger señalaba que una novia judía recibía a su esposo con la melena suelta y el ketubah, o contrato matrimonial, en la mano.
Rembrandt ejecutó este retrato en varias etapas significativas. Dedicó los dos primeros estados al rostro de la joven, revelando su personalidad. Una expresión voluntariosa, resuelta, aflora a su faz adornada con una cabellera sedosa y abundante, que se derrama sobre los hombros en largas líneas onduladas al aguafuerte de diversa mordida. El espacio virgen de la parte inferior de la lámina y de la camisola orienta la mirada del espectador hacia el rostro, modelado con finos trazos cruzados y algunos puntos. Las rayas horizontales resultantes del pulido del cobre, descuidadas voluntariamente por Rembrandt, surcan la camisola y la base de la hoja, evitando así una excesiva uniformidad luminosa. El tono dorado del papel contribuye a la difusión de una claridad muy suave. La luz viene de la izquierda, y la sombra que la cabeza proyecta sobre el muro muestra una gran variedad de trabajos y es en si misma, una verdadera obra de arte. Es evidente la forma personal que tiene el artista de utilizar el aguafuerte y el buril. Las modificaciones del fondo en los estados siguientes disimularán esta labor preparatoria rica y libre, de una modernidad sorprendente.
Los estados posteriores adquieren un sentido totalmente distinto. Rembrandt termina la estampa, y Saskia aparece sentada, más solemne, mayestática con sus ropajes suntuosos. Ahora se trata de un retrato oficial, la semblanza de una joven en una función definida, una mujer casada o un personaje revestido de gran dignidad. Las diversas texturas son recreadas magníficamente: el chal de piel, la camisola blanca de fina tela, el vestido de recio muaré. La cara destaca sobre la estructura mural ensombrecida, grabada más vigorosamente y de contrastes pronunciados. La blancura del papel refuerza esta impresión.
Algunos historiadores han expresado sus dudas sobre la autenticidad de los estados subsiguientes a los inconclusos. No obstante, parece ser que Rembrandt completó en ocasiones ciertas estampas, después de realizar un dibujo intermedio. Un dibujo muy afín al grabado, conservado en el Nationalmuseet de Estocolmo, podría dar testimonio de semejante proceso. Presenta la misma magnificencia en el conjunto de la figura, primordialmente en el imponente atuendo de anchos pliegues, subrayados por espesos trazos de tinta. Pero la cara contrasta con la de la estampa y con el traje dibujado por la sobriedad de su ejecución, su grafismo discreto y muy rígido. Aquí tiene tan sólo un interés secundario, quizá porque ya ha sido tratada de manera satisfactoria en la estampa.
G. L.
 
 
 
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