Rembrandt apoyado sobre un pretil
Firmada y fechada en la esquina superior izquierda:
Rembrandt f. 1639
Aguafuerte y punta seca. 205 x 164 mm
2 estados
1er estado
Prueba con retoques a lápiz en la tapia o pretil
en el que se apoya, que ha completado dibujando a la derecha dos grandes
sillares que llegan hasta el borde del papel; también le ha dibujado
un pliegue más a la gorra por la derecha y ha completado el borde
inferior en el mismo lado, que antes se confundía con el pelo. Existen
otras pruebas del primer estado también retocadas por Rembrandt.
En el segundo estado borra el pequeño mechón que cubría
el borde inferior de la gorra, haciendo una línea continua.
BNE, Invent / 29172
Éste es uno de los mejores autorretratos grabados
de entre los numerosísimos que se hizo Rembrandt. Está en
un buen momento de su vida. Es famoso, rico, feliz, está seguro
de sí mismo y todo en él transmite una sensación de
bienestar, prosperidad y elegancia. Es el retrato, al mismo tiempo ideal
y real, de un artista triunfador que se siente dueño de su arte
y de sí mismo.
Para esta estampa se inspiró en dos cuadros anteriores, obras de
dos gigantes de la pintura: el retrato que entonces se creía del
poeta Ariosto, de Tiziano, del que tomó la idea de apoyar el brazo
en un pretil, y el retrato de Baldassare Castiglione, de Rafael. Rembrandt
hizo un apunte a pluma de este último cuando salió a subasta
en 1639 en Amsterdam, donde lo compró por una cifra astronómica
el judío portugués Afonso Lopes, que ya tenía el Tiziano.
Lopes era tratante de joyas y obras de arte, se había convertido
al cristianismo y era intermediario del rey de Francia.
Rembrandt, como buen artista, debió de quedar fascinado por los
cuadros italianos, aunque en su autorretrato grabado introdujo cambios
sutiles pero importantes que le otorgan un carácter distinto. El
más evidente con respecto al de Tiziano es que está colocado
en sentido contrario y, en lugar de mirar de reojo al espectador y con
altanería, lo hace directamente a los ojos, y se encuentra además
al aire libre, porque en el pretil en que apoya el brazo crecen pequeñas
hierbas. En cuanto a las diferencias con el retrato de Baldassare Castiglione
de Rafael, al haber colocado el cuerpo casi totalmente de perfil y la cara
de frente, le ha dado más movimiento, lo que convierte la estampa
en una obra totalmente barroca. Al cambiar la colocación y la forma
del tocado, inclinando la gorra casi en paralelo al cuello de la chaqueta,
hace que la composición fluya hacia la izquierda y se transforme
en un triángulo casi equilátero, diferente de la romboidal
de Rafael. En 1640 el artista hizo una versión al óleo de
este retrato que, en cierto modo y en sentido inverso, se parece más
al cuadro de Rafael por haber colocado la gorra más horizontal y
tener el pelo más corto.
El atuendo de Rembrandt, propio de un gran señor del Renacimiento,
y las fuentes que utilizó han llevado a los investigadores a proponer
varias interpretaciones de este autorretrato. Según Ackley y Dickey
puede ser la respuesta de Rembrandt al debate de si los artistas eran simples
artesanos o auténticos creadores, de una categoría intelectual
superior y estaría en la misma línea que el Autorretrato
de Durero del Museo del Prado. De Jongh y Chapman piensan que el artista
holandés quiso demostrar con este retrato la igualdad e incluso
superioridad de su arte frente al de los grandes maestros italianos Rafael
y Tiziano, ateniéndose a los tres principios de la doctrina según
la cual la imitación de la obra de un artista que se consideraba
un modelo podía ser una translatio (imitación libre del estilo
del otro), una imitatio (imitación estilísticamente equivalente)
o una aemulatio (imitación estilísticamente mejorada). Otra
posibilidad según De Jongh, más dudosa según Pieter
van Thiel), es que representa la aportación de Rembrandt al debate
que se planteaba en esos momentos acerca de si la Pintura era superior
a la Literatura, aportación en la que el autor se confronta con
uno de los mayores poetas del Renacimiento, Ariosto, a quien se creía
que representaba el cuadro de Tiziano. Barbara Welzel cree que este autorretrato
no es sólo una representación personal de Rembrandt, sino
también una formulación programática de su profesión
y su identidad de artista. Martin Royalton-Kisch apunta que, si no fuera
un anacronismo, podría decirse que se trata de un retrato romántico
en el sentido de que Rembrandt da de sí mismo una imagen de fantasía
con reminiscencias de sus héroes del Renacimiento, no sólo
los pintores italianos sino también los del norte de Europa, como
Lucas de Leyden o Durero. Por último, Stephanie S. Dickey estudia
detenidamente los antecedentes en pinturas y estampas de las escuelas del
Norte de Europa.
Ésta es una de las mejores estampas de la colección Rembrandt
de la Biblioteca Nacional de España; el artista cuidó mucho
la estampación, limpiando la plancha de manera que la estampa estuviera
llena de matices. Sobre el blanco del papel se destaca la figura exquisitamente
grabada a base de trazos muy finos, a los que superpone una segunda capa
para conseguir realces de negro muy intenso en zonas determinadas, como
los pliegues o el hombro. Como ocurre en todos los ejemplares conocidos
del primer estado de la obra, el propio artista ha indicado con trazos
de lápiz cómo quiere seguir trabajando la plancha en el lateral
derecho del pretil en el que se apoya, y ha redondeado también con
lápiz el perfil demasiado oblicuo que tenía la gorra por
la derecha añadiéndole un pliegue más.
E. S. P.