Dibuja un paisaje en la ventana y añade trazos
cruzados en el marco. Ha retallado intensamente, incluyendo punta seca,
la chaqueta. Ha borrado la firma cubriéndola con líneas.
BNF, Estampes, Rés. Cb-13a
Nueve años posterior a
Rembrandt
apoyado en un pretil, se trata del último gran autorretrato
grabado de Rembrandt. El contraste entre los dos es radical. En lugar de
representarse en una pose de gran señor para impresionar al espectador,
se ha colocado en el interior de su taller, frente a un espejo, con el
atuendo de trabajo, y ha grabado en la plancha lo que veía de la
manera más sencilla y realista: a un artista dibujando sobre la
plancha o sobre el papel. Pero, además, este retrato es un instrumento
para escrutar en su interior; su finalidad no es sólo la de hacer
una obra de arte que se va a difundir y a vender, es un ejercicio de reflexión
y autoanálisis. Rembrandt se sienta ante un espejo, se mira desde
muy cerca y ve el rostro de un hombre todavía joven (tiene entonces
cuarenta y dos años) pero con los ojos y los labios llenos de tristeza.
Así aparece en las pruebas que se conservan del primer estado; a
partir del segundo, la imagen ya está preparada para salir al exterior,
el retrato ya no es únicamente para él sino para los demás,
la mirada se hace más intensa y la boca se aprieta en un gesto firme.
Es un retrato impresionante por su sobriedad, en el que sólo importa
el rostro, probablemente el reflejo de lo que ha cambiado su vida. Saskia
ha muerto, tiene un hijo pequeño y otras dos mujeres, Geertje Dircks
y Hendrickje Stoffels, se han ocupado del niño y tienen un papel
importante en la vida del artista. Su situación económica
aún es buena, pero ya no se siente un triunfador.
Stephanie Dickey relaciona la composición de este retrato con la
habitual para representar a un estudioso (escritor, humanista, sabio, santo...)
escribiendo o leyendo en su estudio, como el
Erasmo de Durero. De esta
manera Rembrandt establece el paralelismo entre el acto de dibujar o grabar
y el de escribir, todas actividades intelectuales. La imagen sería
una metáfora visual del concepto tan en boga
ut pictura poesis.
El análisis de las pruebas de los distintos estados permite seguir
paso a paso el trabajo de Rembrandt sobre la plancha. En las pruebas del
primer estado, del que se conservan muy pocos ejemplares, se ve cómo
ha modelado la cara con unos trazos tan sutiles que apenas se perciben,
pero que van conformando las facciones al agruparse o separarse para conseguir
una distinta intensidad tonal. Es el color, no las líneas, el que
ha construido un rostro de piel suave, con pequeños bultos, que
parece ondular. La composición general del retrato se estructura
en cuatro planos claramente diferenciados según la intensidad de
la luz: la ventana, por donde entra una luz muy fuerte; el primer plano
de la mesa en la que se apoya el libro que le sirve de atril y la plancha
en la que está grabando, o el papel en el que dibuja, muy iluminados;
el cuerpo de Rembrandt y, por último, el fondo muy oscuro de la
habitación, que crea el ambiente y la profundidad. Con la punta
seca da volumen a las formas, separando la figura del fondo, y con trazos
muy valientes en las mangas y hombros modela la parte superior del busto.
En esta prueba se aprecia con claridad la diferencia entre los trazos que
deja sobre la plancha el mordido del aguafuerte y aquéllos, anchos
y aterciopelados, que se consiguen al entintar las pequeñas virutas
de metal que quedan adheridas en los bordes de los surcos producidos al
rascar la plancha directamente con la punta seca.
En el segundo estado, el artista ha reforzado con más líneas
toda la imagen. Las distintas técnicas que ha empleado (a las anteriores
añade trazos de buril en el cuello y la camisa) están tan
sabiamente combinadas y entremezcladas que apenas se distinguen unas de
otras, excepto los trazos de punta seca, que ha bruñido cuidadosamente
para dejar sólo unas líneas finas que marcan los pliegues
del ropón, logrando un espléndido resultado final. Al ennegrecer
el fondo de la habitación, la figura se destaca más aún
y cobra una mayor corporeidad. El cambio más evidente en el rostro
de Rembrandt se ha producido en los ojos y en los labios, que ahora se
aprietan con fuerza, sustituyendo la expresión entre plácida
y triste que tenía en el primer estado por otra más firme
y concentrada. Ya ha individualizado las hojas sobre las que se apoya.
En este segundo estado, el barniz que protegía la plancha se debió
de craquelar en algunas zonas y, cuando la introdujo en el ácido,
éste penetró por las rendijas corroyendo el metal y produciendo
pequeños trazos irregulares, que se aprecian claramente en el hueco
muy blanco de la ventana. Éste es el mejor estado de la plancha,
y Rembrandt la firma y la fecha.
Las dos pruebas del segundo estado de la BNF, sobre papel europeo y papel
japón, evidencian el interés de Rembrandt por ensayar los
efectos tan distintos que podía conseguir estampando la misma plancha
sobre papeles de diferente textura y color. La primera acentúa la
luz que entra por la ventana, iluminando el papel, las manos y la cara
del artista; la prueba sobre papel japón dorado acentúa la
penumbra que lo envuelve todo y, con ello, la sensación de tristeza.
El estado de la plancha es el mismo, y no obstante parecen dos obras diferentes.
En el tercer estado ha seguido cubriendo de líneas finísimas
toda la plancha, oscureciéndola, sobre todo en la parte de la cabeza.
Aunque la luz que entra por la ventana es la misma, parece como si Rembrandt
se hubiera sumergido en la oscuridad de la habitación.
En el cuarto estado ha retocado mucho la ventana, oscureciendo el marco
para aislarlo del exterior, en el que ha grabado un paisaje a fin de disimular
las rayas que habían aparecido al craquelarse el barniz que protegía
la plancha en el segundo estado. El paisaje, apenas apuntado, resta dramatismo
a la mancha de luz que había antes. Ha cambiado el lomo del libro,
grabándole nervios, y ha reforzado también el traje del artista
y las hojas sobre las que dibuja. Ha quitado redondez a la mejilla derecha.
Cada vez es más común la opinión de que, a partir
del cuarto, los siguientes estados no son de Rembrandt. Las numerosas estampaciones
hicieron que la plancha se deteriorase y, en el siglo XVIII, Watelet la
retoca cuidadosamente con aguafuerte y punta seca hasta que, en apariencia,
vuelve a tener la frescura de los primeros estados. Sin embargo, estudiándola
detenidamente se comprueba que los ojos, demasiado bien perfilados, son
muy diferentes de los que graba Rembrandt y que la mejilla derecha es menos
gruesa, más recta.
Éste es uno de los mejores autorretratos de artistas que se hayan
grabado jamás, y la máxima expresión de hasta dónde
se puede aproximar el grabado a la pintura de la mano de un artista genial.
E. S. P.