La Adoración de los pastores con una linterna
Ca. 1652
Aguafuerte, punta seca y buril. 148 x 198 mm
8 estados
5º estado
Los juncos que se alzaban detrás de la Virgen y el Niño se han dibujado nuevamente a punta seca en el cuarto estado. La sombra que rodea la cabeza de José ha sido aclarada con el bruñidor. Unas líneas diminutas modelan la ventana derecha de la nariz de la Virgen; un doble contorno separa su mano de la manga del atuendo. La linterna central proyecta dos haces de luz, uno delante y otro detrás. El grupo de los pastores y la cabeza del buey se distinguen con mayor nitidez. Este quinto estado tuvo un tiraje más importante que los anteriores.
Papel japón.
BNF, Estampes, Rés. Cb-13a
"Y acaeció que, al partirse de ellos los ángeles al cielo, los pastores se decían unos a otros: “Pasemos hasta Belén y veamos este acontecimiento [...].” Y se vinieron a toda prisa, y hallaron a María y a José, y al niño recostado en el pesebre."
(Lucas 2, 15-16)

Debido a la sombra y a los espacios de luz, el tema de la Adoración de los pastores se transforma aquí en revelación durante la noche de la Natividad. Los pastores intentan "ver" en la oscuridad casi total del establo donde, erguidos, escudriñan las tupidas sombras y osan apenas acercarse cuando descubren al grupo de la Sagrada Familia. El primero que lo vislumbra se detiene y se quita respetuosamente el sombrero. Las dos tenues fuentes de iluminación, su linterna y una candela invisible cuyos fulgores se filtran entre los trazos, les permiten distinguir a la Virgen y el Niño echados en el mismo suelo y a José sentado, leyendo probablemente el Antiguo Testamento y velando su descanso.
En esta conmovedora adoración, donde la atmósfera sugerida por Rembrandt es tan intensamente mística que se respira un silencio sobrenatural, la adaptación de la mirada a la negrura, la reconstrucción de las sombras por la visión, la percepción de las oscilaciones de la llama más o menos viva de la candela y la extraña aureola de rayos de sombra que envuelve a María y a Jesús son otros tantos efectos obtenidos mediante la sucesión de los estados que, imperceptiblemente, hacen participar al espectador en este acontecimiento divino.
Se trata de una de las series más espléndidas del artista, con sus tirajes en soportes diversos –aquí mayormente en papel japón–, con sus efectos luminosos, dorados o nacarados, con unas sombras suaves y sedosas que modulan los resplandores, que acarician y animan esa densa penumbra donde las tres técnicas se mezclan tan estrechamente que son indisociables, donde el bruñidor hace aflorar cierta claridad y deviene así recreación, nacimiento de las formas, expresión del misterio.
G. L.
 
 
 
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