La resurrección de Lázaro
1632
Firmada en la roca a la derecha de Jesús, hacia el centro del grabado desde el 5º estado: RHL van Ryn f
Aguafuerte y buril. 370 x 244 mm
5 estados (antes 10, según White & Boon, y 13 según Hind)
5º estado (8º estado de W. B.)
Se han descartado los antiguos estados 2º, 4º y 7º al comprobar que sólo eran pruebas de estados anteriores, con lo que en la actualidad sólo se admiten cinco estados grabados por Rembrandt. Las diferencias más notables que se aprecian a partir del nuevo tercer estado consisten en que en éste ha cambiado la postura de la mujer de la esquina inferior derecha, la cual, en lugar de estar colocada de espaldas y hacer el gesto de echarse hacia atrás, aparece de perfil y se inclina hacia delante. En el nuevo cuarto estado le graba un sombrero alto al hombre que, horrorizado, tiene los brazos abiertos. En este quinto estado que se expone (antes octavo) ha cambiado la cara de la muchacha que hay bajo la figura anterior, en cuya pierna hace nuevos retoques, y le ha puesto un gorro al viejo de la izquierda. A partir del quinto estado hace pequeñas intervenciones en la plancha para reforzar las zonas deterioradas por las sucesivas estampaciones.
BNF, Estampes, Rés. Cb-13a
Lázaro, hermano de Marta y María, llevaba muerto cuatro días y estaba enterrado en una cueva tapada por una piedra. Marta le pide a Jesús que lo resucite, y éste pronunció entonces las palabras que se siguen utilizando en las misas de difuntos: "”Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre[...].” Quitaron la piedra y Jesús, alzando los ojos al cielo, gritó con fuerte voz: “Lázaro, sal fuera.” Salió el muerto, ligados con fajas pies y manos y el rostro envuelto en un sudario."
(Juan 11, 1-44)

Grabada en 1632, La resurrección de Lázaro es una de las estampas de Rembrandt de mayor tamaño, y la más teatral. El gesto de Jesús y la puesta en escena, grandilocuente y artificiosamente barroca, son poco habituales en el artista, pero lógicos en esta época temprana de su carrera; también resultan exagerados y artificiales los gestos de asombro de los judíos que contemplan el milagro. Probablemente Rembrandt quiso imitar a Rubens, cuyas pinturas se conocían en todo el mundo gracias a las copias grabadas por un grupo de excelentes profesionales. Otra razón que quizá empujó a Rembrandt a grabar esta estampa fue contraponerla con la que había hecho del mismo tema su compañero y, en cierto modo, rival, Jan Lievens. Las estampas de ambos están relacionadas a su vez con sendos cuadros, el de Lievens en la Chicago Brighton City Art Gallery y el de Rembrandt en Los Angeles County Museum of Art.
Lo más importante de la estampa son los nuevos efectos de claroscuro que consigue Rembrandt. Un intenso rayo de luz que procede del centro del lateral derecho atraviesa oblicuamente el plano medio de la escena y va a chocar con la roca que sirve de tumba a Lázaro. A ambos lados de la hendidura que forma ésta, los personajes que contemplan el milagro se agrupan y gesticulan de diferente manera. Dos de las figuras del grupo del fondo abren los brazos en exagerados ademanes de perplejidad, mientras que las situadas a la izquierda y detrás de Jesús hacen gestos más contenidos; la composición está muy estudiada de modo que, para contrapesar el escorzo del hombre que se echa hacia atrás entre asombrado y temeroso, la mujer que tiene delante se inclina hacia Lázaro; el blanco de sus figuras se compensa con la casi totalmente negra de la mujer, probablemente Marta o María, que hay a la derecha, de espaldas y a contraluz, en un efecto muy usado en el Barroco para establecer una barrera entre el espectador y la escena. Partiendo la composición por el centro y formando un poderosísimo eje vertical, que sirve también de barrera a la luz, aparece la figura de Jesús. Es un Jesús apolíneo, su tamaño es el doble que el de los demás personajes. Con la mano derecha apoyada en la cintura y la izquierda dando una orden, más semeja la figura de un césar que la de Jesús. La escenografía parece corresponder más a una representación teatral que a una imagen religiosa que siga el texto sagrado, en la que no se podría justificar que la gigantesca cueva esté adornada con ricos cortinajes y con las armas propias de un importante guerrero árabe. La artificiosidad de la escena, muy efectista y barroca, contrasta con el resto de la obra grabada de Rembrandt.
Se ha discutido mucho la autoría de este grabado, y varios especialistas pensaron en la intervención de Bol, Lievens o Van Vliet, pero en la actualidad, y tras estudiar las pruebas conservadas en diferentes colecciones y analizar las filigranas del papel, se cree que es obra exclusivamente suya y que los diferentes estados, hasta el quinto que se considera el definitivo, fueron grabados por Rembrandt en un corto espacio de tiempo. Utilizó dos tipos de trazos muy diferentes para lograr los matices del claroscuro: unos anchos y profundos, con los que obtiene los negros que forman el semicírculo del primer plano a la izquierda, y otros finísimos con los que graba la figura de Lázaro, la tumba y a las personas que miran anonadadas el milagro. La levedad de este rayado hizo que la plancha se deteriorara rápidamente tras el quinto estado y obligó a retallar algunas zonas que se habían perdido, aún en vida de Rembrandt, pero que no constituyen estados nuevos. En esta estampa, la más importante de este primer período de Amsterdam, Rembrandt quiere demostrar lo que es capaz de hacer con el grabado.
E. S. P.
 
 
 
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