Jesús presentado ante el pueblo o "Ecce Homo" horizontal
Firmada y fechada à partir du 7º estado Rembrandt f. 1655
punta seca uniquement. 383 x 450 mm au 3er estado et 360 x 455 mm aux estados suivants
8 estados
8º estado
Prueba con un leve efecto de entintado, a excepción de la plataforma. En el sexto estado, Rembrandt emprendió una segunda versión de la lámina, borrando con el bruñidor la multitud de la parte inferior de la plataforma, de la que aún se distinguen algunos restos. Esta importante transformación exigió un trabajo de repulido y contorneado de la plancha de cobre. Se añadieron asimismo algunas figuras. En el séptimo estado, el artista grabó en la base del muro dos aberturas arqueadas separadas por un busto masculino en relieve. Se retocaron los personajes de la plataforma, especialmente el de Jesús, y se sombrearon las estatuas de la cúspide de la fachada. Las dos ventanas de la derecha fueron rectificadas, elevando y cintrando los huecos. A la izquierda, se intensificó el sombreado de la arquitectura y se incorporaron tres nuevos personajes debajo de la puerta. El dintel de la puerta de la tribuna se hizo más alto. Rembrandt firmó y fechó su plancha. En el octavo estado, el busto del hombre esculpido se raya con líneas horizontales y se refuerza la sombra de los dos arcos de ambos lados.
BNF, Estampes, Rés. Cb-13a
Esta obra maestra del grabado es la única creación gráfica de Rembrandt que se impone tanto por el rigor de su composición geométrica como por la fuerza sintética de la representación de un acontecimiento fundamental: el juicio y la condena de Jesús, un inocente. La misma estructura resulta simbólica. El espectador, ante una arquitectura escalonada, de una altura impresionante en los tres primeros estados, se halla confrontado sin escapatoria a la dramática solemnidad del momento. El grafismo muy sutil a la punta seca con unos negros suntuosos, sobre el amarfilado papel china de la prueba expuesta, evidencia inequívocamente la soltura del trazo, su libertad y modernidad. Esta vez no hay un claroscuro enigmático que envuelva la escena; los hechos se desarrollan en pleno día, bajo una luz uniforme y con pocos efectos de contraste. En los primeros estados domina el trazo libre, un auténtico dibujo esbozado sobre el metal. Las verticales y horizontales que atraviesan la hoja se han trazado con regla en la plancha de cobre, acentuando la rectitud arquitectónica del conjunto.
Rembrandt bien pudo inspirarse en los cuadros de la Pasión escenificados en las plazas públicas en el siglo XVII, o en la estampa sobre el mismo tema de Lucas de Leyden, un grabador muy famoso en la época, o incluso en El martirio de san Lorenzo de Marcantonio Raimondi. Pero su universo y la fulgurante percepción que tuvo de las escenas bíblicas están muy alejados de las representaciones narrativas de aquellos artistas. Dedicó al evento ocho estados, articulados en torno a dos versiones. La plancha sufrirá considerables manipulaciones y la arquitectura se transformará simbólicamente, en consonancia con la evolución de la situación y la subsiguiente sentencia de muerte.

La sobria fachada de un tribunal, cuya arquitectura ofrece verticales y horizontales dibujadas con regla delimitando unos grandes lienzos de pared, acompasada por cornisas, pilastras, puertas y ventanas, presenta en medio un saliente central. La simetría de las diferentes partes de la construcción es muy rigurosa; sólo la sombra y la luz la animan y crean una cierta ilusión de relieve. El acto se celebra en el exterior, según la usanza vigente en los Países Bajos de pronunciar las sentencias fuera del tribunal. Rembrandt actualiza la escena y la traslada a un lugar y a la época contemporánea. Delante de la puerta del palacio de justicia, en el centro de la composición y sobre la plataforma, están reunidos los personajes principales, inmóviles y a la expectativa: Jesús maniatado, Poncio Pilato, el gobernador romano, y entre ambos el criminal Barrabás. Pilatos señala a Jesús frente a la turba agrupada a sus pies: "He aquí el hombre" (Ecce Homo), dice, y de acuerdo con la costumbre en tiempo de Pascua pregunta: "¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías?" A su derecha, un personaje aguanta la copa y el aguamanil que Pilatos utilizará para lavarse simbólicamente las manos después de que la muchedumbre haya reclamado la crucifixión de Jesús, declarando: "Soy inocente de la sangre de este justo." A la izquierda de la ventana divisamos a la mujer de Pilatos, que envía un emisario al gobernador con este mensaje: "No te metas con ese justo, porque he sufrido hoy mucho en sueños con motivo de él." (Mateo 27, 17-24)

La agitación del gentío, que no cesa de afluir, se contrapone al hieratismo de los protagonistas. Las dos estatuas alegóricas del cimero de la fachada, la Justicia con los ojos vendados sujetando sus atributos, la espada y la balanza, y la Fuerza apoyada en una columna, con la cabeza cubierta por la piel de león y provista de una clava, simbolizan con sus respectivas actitudes la sentencia injusta y el poder de la plebe. En el cuarto estado, Rembrandt suprime la cornisa del borde superior de la estampa para facilitar la impresión, lo que renueva la visión del conjunto. La mirada se orienta más hacia el grupo axial y la multitud de debajo. Es probable que el artista quisiera concentrar la atención en las figuras principales y que ésta fuese la causa de la segunda versión de la estampa, siempre a partir de la misma plancha de cobre.
Al eliminar a la muchedumbre de la base de la plataforma en el sexto estado, Rembrandt depura su composición, de tal modo que el tema esencial se sitúa ahora entre dos lienzos de pared desnudos. La tensión se intensifica. La progresión de la acción es evocada por la dispersión de la agresiva turba, que el autor borra con el rascador y el bruñidor, pero también por su presencia virtual, su impronta fugaz y amenazadora sobre el muro, mantenida quizá voluntariamente como vínculo entre las dos fases del evento.
Para terminar, en un presagio apremiante, Rembrandt da a este zócalo una cualidad ominosa al grabar dos arcos que se abren a las tinieblas. Los separa un busto de hombre, tal vez una semblanza de Adán, el primer hombre terrestre, mientras que Jesús es el nuevo Adán, el último hombre celestial. Adán redimido por la sangre de Jesucristo ha sido relacionado en ocasiones con la crucifixión y el descenso al limbo. Determinados historiadores han identificado este busto como Neptuno, un dios río o el dios de los infiernos.
En este universo tan visionario, el personaje de Jesús experimenta una transformación. Esbozado someramente por un trazo interrumpido, sin surcos de sombra, en los primeros estados aparecía como un ser inmaterial, lejano, desencarnado. Luego en cambio es una presencia humana real, física, de expresión resignada, consciente de su destino y que mira de frente al vacío.
G. L.
 
 
 
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