San Jerónimo leyendo en un paisaje italiano
Ca. 1653
Aguafuerte, buril y punta seca, flor de azufre.
260 x 208 mm
2 estados
2º estado
Los pilares del puente de la derecha se han retocado con punta seca; la base del de la izquierda ha sido ensanchada. En los dos estados, un barniz irregular ha originado manchas negras arriba, a la derecha. Hay zonas sin pulir visibles en ciertas partes de la prueba.
BNF, Estampes, Rés. Cb-13a
Rembrandt representó al último san Jerónimo de su obra gráfica en un paisaje inspirado en los grabados del siglo XVI veneciano. Realizó un dibujo preparatorio a pluma, de líneas nítidas y enérgicas, datable conforme al estilo, alrededor de 1650. El autor fija con un trazo seguro y espontáneo lo esencial de la composición. En la estampa aparecen algunas diferencias, que atañen principalmente a la posición del árbol y la distribución de la sombra y la luz.
San Jerónimo, entregado a la lectura de la Biblia, está sentado despreocupadamente en un saliente de la roca, en un paisaje soleado. Un colgadizo sujeto a un árbol le procura un poco de sombra. Un sombrero de paja ha sustituido al capelo y sólo el fiel león, al que había curado arrancándole una espina de la pata, permite identificarlo. En el tronco cortado se vislumbra la paloma del Espíritu Santo, inspiradora de Jerónimo como traductor de la Biblia. La composición se organiza a ambos lados de una diagonal de sombra formada por el árbol y la orilla del torrente, que separa dos partes luminosas: el pie de la colina donde se ha instalado el santo y su cima, sobre la que se yerguen una iglesia romana y algunas construcciones. El león al acecho crea el vínculo entre estos espacios y configura el bucle del arabesco que, desde el santo, se prolonga por la cuesta hasta coronar el altozano. La túnica de pura luz, esbozada por unos trazos tenues, discontinuos y vibrantes, da al cuerpo un aspecto inmaterial y etéreo en medio de los hondos acentos de punta seca que dinamizan el conjunto. Las sandalias de san Jerónimo se han desprendido de sus pies; este detalle tiene posiblemente un significado simbólico, la preparación para el encuentro con lo divino.
En esta estampa se pueden apreciar diversos estilos de Rembrandt, desde el apunte al acabado más complejo. El modelado del león es una proeza técnica. No ciñe el animal casi ningún contorno; unas rayas paralelas y unas contrarrayas regulares de aguafuerte, unas sinuosas volutas de punta seca y algunos blancos bastan para conferirle forma y relieve, y para sugerir la tensión muscular que lo anima. A causa de los efectos del papel japón de tono amarillo claro del primer estado y el papel blanco del segundo, parece que la luminosidad suave y dorada de un sol tamizado dé paso al fulgor de un sol más vivo en un cielo despejado.
Algunos historiadores han visto en este grabado una obra inconclusa. Sin embargo, el tiraje fue elevado desde el primer estado y da cuenta del gusto del público en los años posteriores a 1650 por estas piezas de grafismo variado. Mucho más tarde, en la segunda mitad del siglo XIX, este tipo de estampas gozará también del favor popular.
G. L.
 
 
 
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